Cada domingo entrego en la “Hoja dominical” de “El Buen Amigo” algo de mi mismo, algo de mi oración, prolongando con mis palabras la llamada “oración colectiva” de la Eucaristía dominical. Hoy comparto con los lectores del blog al pie de “El Merendón” mi oración del domingo XXXIII del año litúrgico.

P. Fernando IbáñezOremos

Señor, Dios nuestro, concédenos vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero.

Concédenos vivir siempre alegres en tu servicio.  A cada uno y a todos como pueblo tuyo: que sepamos dar testimonio como Iglesia de gozo pleno y verdadero; que no suene quejumbrosa ni amargada nuestra voz sino que sea eco vibrante de tu palabra liberadora; que cumpliendo libremente tu voluntad, nuestro cuerpo y nuestro espíritu  transparenten la dicha de quien no cesa de  asombrarse  de que  quieras ser Dios nuestro y de que nos entregues todo bien.

Cada vez que leo en Mateo que un hombre al irse de viaje llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes, recuerdo cómo me lo leyó mi padre-hombre bueno y alegre- en un momento triste, difícil y doloroso en mi ministerio. La lectura de mi padre incluía  lo que el texto no dice expresamente pero presupone: el que negoció y ganó cinco y el que hizo lo mismo con los dos recibidos, corrieron riesgos, pasaron por momentos en que pareciera no tenían nada y que la inversión se perdería, mantuvieron la ilusión, la confianza, el trabajo y la alegría de ver crecer el bien.

No termino de vivir la alegría de mi padre, esa  alegría que te pido concedas a toda la Iglesia. Pero sí voy entendiendo,  que  sólo es posible saliendo de mí; que la seguridad está en el riesgo; que el miedo, la vergüenza, la culpabilidad paralizan; que el “temor”, al que me invita el salmista, es la experiencia sorprendente de  tu misericordia entrañable que nos pone en pie.

Concédenos vivir siempre alegres en tu servicio. Sin servidumbre, sin miedo, sin cálculos mezquinos, sin querer acumular méritos, sin presumir de nuestras obras, sin juzgar a los otros, sin deprimirnos ante los fracasos, sin condenarnos por nuestros pecados, sin desesperar por nuestra tristeza, sin negligencias ni chambonadas, sin dejar se soñar, sin dejar de decirte, con Jesús: Abba, venga tu Reino.
P. Fernando Ibáñez

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