stanthonyLes cuento una anécdota familiar sobre San Antonio de Padua, en el día de su fiesta, 13 de junio.

Mi abuela, por parte de madre, murió de 94 años. Tenía el cabello y el alma blancos. La piel del cuerpo y del espíritu transparentes. Fue siempre una mujer de fe, providencialista. Se sabía el santo de cada día y la vida y milagros del santo. En mis primeros años de sacerdote debía de predicar yo en un pueblo cercano al lugar donde naci. La fiesta era de San Roque. Yo no conocía la vida del santo predicable. Mi abuela me sacó del apuro. Me contó la vida del caritativo Roque y yo compuse mi sermón.

 

Los diez últimos años vivió con mis padres  pues de los tres hijos que le quedaban, sólo mi madre permanecía en el pueblo. Tenía sus “peleas” religiosas con mi padre, especialmente cuando se quedaba  alguna oveja extraviada en el monte y era encontrada y, a hombros, traída al redil. Mi padre decía que encontraba las ovejas perdidas por el perro “de carea” que tenía. Aunque  fuera de noche, oscura como  boca de lobo, el perrito daba con ellas.  Y mi padre, muy contento llegaba a casa: “ya encontré la oveja perdida” decía. “Ha sido San Antonio”, comentaba mi abuela.  “¡San Antonio, San Antonio!”, argüía mi padre, “ha sido por el perro”.

Y empezaba la discusión: mi abuela, que San Antonio, mi padre, que el perro de carea.

Pasaron los años. Mi abuela ya había muerto. Quienes  conocen a mi familia saben de la afición a la caza que tuvo mi padre y heredó mi hermano  Félix. Un domingo, hacia media noche salió de casa a la caza del jabalí. Pasó por las “Heras”, subió Las Rasillas, cruzó Zaballa, se adentró por “El Horno” y al llegar a “Los Campillarejos” encontró una buena pieza. Disparó y el animal dio un bote, herido de muerte. Pero por másque buscó y rebuscó no hubo modo de encontrar al jabalí.

Regresó a casa, despertó a mi padre para decirle: “En tal lugar tiene que estar el jabalí muerto. No lo he encontrado. Pero ahí debe de estar. Yo me voy a Burgos que a las 6:00 a.m. empieza mi trabajo en la fábrica. Mañana, a primera hora, vaya por él”.

Y mi padre, ni corto ni perezoso, con las primeras luces del alba, fue a buscar al jabalí. Dio una vuelta por el lugar que mi hermano le había descrito. Y… nada. Dio dos vueltas, tres,  cuatro, cinco vueltas y el bicho no aparecía. Mi padre ya empezaba a impacientarse (nunca tuvo mucha paciencia). Mira aquí, mira allá, se interna entre los matorrales, remueve unas retamas y ni rastro del bendito jabalí.

Cansado y protestando contra el hijo que le había hecho madrugar para nada se dice: “La última vuelta. Si lo encuentro, bien. Y sino, me marcho”. Y a la última… ¡lo encontró!

Pero ahora bien lo bueno de la historia. La primera vez que mi padre me contó  esta aventura me lo quedé  mirando a los ojos y le dije:

“Padre, dígame la verdad. Es muy importante, porque aquí voy a saber yo quien tenía razón, si usted o la abuela. Antes de dar la última vuelta, ¿le rezó a San Antonio o no le rezó?”

“Pues te diré la verdad, hijo. Recé a San Antonio”.

¡La abuela tenía razón!

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