En el calendario cristiano no hay día que no tenga santo, como para enseñarnos que el Espíritu de Dios es capaz de santificar la vida cotidiana de cualquier hombre o mujer. No hay día ni condición personal que no puedan ser iluminados por el sol de la Gloria de Dios.

Cuando celebramos a los santos cantamos las grandes obras de Dios, narramos la historia humana de su gracia, reconocemos el poder salvador de Jesucristo.

Entre la gloriosa asamblea de los Santos, San Pedro tiene un significado especial por su relación con Jesús, el Señor, y con la Iglesia. Pedro es el discípulo que confiesa a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Pedro es el Apóstol a quien Jesús califica como la piedra sobre la que edificará su Iglesia. Y tiene un atractivo particular para la diócesis sampedrana por ser su titular y patrono.

Hoy estamos en sintonía con el apóstol Pedro en la medida en que como él reconocemos y proclamamos a Jesús como Señor y Salvador. Hoy vivimos en comunión con San Pedro en cuanto vivimos en comunión con la fe de la Iglesia.

La pregunta de Jesús continua interrogándonos: “y ustedes, quién dicen que soy yo?” Cada uno de nosotros es interpelado por estas palabras, y no puede soslayarlas o esperar que otro responda por él. Celebrar la fiesta de San Pedro es responder con fe: “Tú eres el Mesías”. La fe es aquí relación confiada con Jesús-Cristo, entrega amorosa de la propia vida, acogida de su Palabra como verdad y vida, obediencia a su voluntad y enseñanzas.

La figura de Pedro es signo de unidad para los que profesan su misma fe, es lugar de encuentro, de comunión, de Iglesia. Donde está Pedro y su confesión de fe está la Iglesia. El recibió la misión de confirmar en la a sus hermanos y de apacentar “las ovejas” del Señor. La fiesta del Apóstol es una llamada a la unidad eclesial, al robustecimiento de los lazos de comunión, a la superación de las fuerzas que dividen y dispersan.

Miremos al discípulo y apóstol San Pedro que cree en Jesús y confirma en la fe a los hermanos y dejémonos atraer por él, que nos llevará a Jesucristo y a la comunidad de sus discípulos. Los Santos son como “imanes de Dios”. Como el imán atrae el hierro hacia si, ellos nos traen hacia Dios. San Pedro, “piedra” y “pastor”, “discípulo” y “pescador de hombres”, apóstol y mártir, nos atrae hacia donde él esta: con Cristo Glorificado y con su Cuerpo que es la Iglesia.

Bookmark and Share