El sábado coloqué en este blog mi reflexión sobre el Apóstol  San Pedro. Hoy en el mero día de la fiesta de San Pedro y San Pablo, el P. Fernando nos ofrece su testimonio, desde Roma, junto a la tumba del Apóstol Pablo. Allá se encuentra reviviendo su experiencia romana y renovando su fe en Jesucristo. Estas son sus palabras.
JUNTO AL SEPULCRO DE SAN PABLO
Estoy en Roma, junto al sepulcro de Pablo, en este final del año en que hemos recordado el 2,000 de su nacimiento.  Junto al sepulcro, admiro la riqueza de la basílica, renacida de las cenizas, la grandiosidad del templo, el resplandor de sus techos dorados, el incesante movimiento de tantos visitantes. Hago memoria de las muchas veces que, durante siete años,  he acompañado la visita y la oración de familiares y amigos. Te doy gracias, Señor, por lo vivido; por lo recibido y compartido; por  lo que ahora me concedes vivir.
Junto al sepulcro de Pablo acojo su palabra en la que tú sales a nuestro  encuentro y me fijo en la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que siendo rico por nosotros se hizo pobre  para enriquecernos con su pobreza.  Me sorprende la paradoja: su pobreza nos enriquece. No su riqueza sino su pobreza y, te ruego, me des y nos des  a toda la iglesia, sabiduría para no caer en la lógica de este mundo que pasa sino  para contemplar  esa sabiduría escondida  de tu amor solidario, entregado y redentor.
Junto al sepulcro de Pablo recuerdo que él se supo  cocrucificado con Cristo, cosepultado y coresucitado en él. Y sé que de alguna manera, como el de Cristo, su sepulcro está vacío y que no necesita ofrendas, ni grandes construcciones, ni techos dorados, ni estatuas grandiosas, ni visitas de multitudes. Con Pablo recuerdo que en la vida y en la muerte somos de Cristo, que para eso murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos. Te doy gracias por el camino que Pablo recorrió y por el camino que la  generosidad  de Cristo nos regala a cada uno.  Con Pablo  recuerdo que se trata de igualar para que en todos y en todo lugar resplandezca la dignidad de tus hijos.

P. Fernando Ibáñez