A veces me abruman las responsabilidades. Cargo con la gloria y la cruz del perfeccionista. Se mezclan varios  aspectos en esta compleja experiencia.

Por una parte debo  reconocer y decir públicamente que Dios me ha dado muchos dones de naturaleza y de gracia; me ha colocado en situaciones externas muy favorables para ir formando en mi una personalidad de valores humanos y de  marca cristiana de calidad y me ha regalado experiencias internas de mucha densidad espiritual. Puedo decir esto sin pizca de orgullo o vanagloria porque es pura gracia, don total.

Y lo que me abruma, confunde y a veces entristece es mi respuesta  reservada y calculada. ¡El pecado de omisión! Como San Pablo puedo decir: “por la gracia de Dios soy lo que soy”. Pero no puedo añadir con la misma rotundidad: “y la gracia no  se ha frustrado en mi” (1 Cor. 15, 10). No digo que se haya  frustrado del todo pero sí en parte, porque  no ha encontrado la docilidad y colaboración debidas, el “hágase” sin condiciones ni resistencias ni seguridades.

¿Por qué será  que nos acordamos de unas cosas  de niño y otras  quedan en el olvido completo? Con frecuencia, pensando en estas cosas, me viene al recuerdo una anécdota de mi infancia.

En mi pueblo es costumbre dejar a los caballos  sueltos en el monte, por el día, e incluso por  la noche, cuando hace buen tiempo y no hay  trabajos inmediatos.

En cierta ocasión, por más que buscamos los animales, no había manera de  encontrarlos en los pagos de Barbadillo  de Herreros, mi pueblo. Fui con mi madre a buscarlos al pueblo vecino, Vallejimeno (el pueblo del P. Fernando Ibáñez). Llegamos al pueblo, preguntamos a la gente y nadie daba razón. Mi madre, siempre tan religiosa, dice: “vamos a la Iglesia a rezar”. Entramos en la iglesia de Vallejimeno y yo me fijé en un cuadro de las ánimas del purgatorio. En el se veía a un sacerdote entre las llamas del purgatorio. Dirán: “Y ¿cómo supiste que era un sacerdote?”. Porque llevaba la “coronilla” que usaban los sacerdotes antes del Concilio. Y yo, con cara de asombro y tono de extrañeza,  exclamo: “madre, ¡mire, un cura en el purgatorio!”. “Sí, hijo, sí, dice mi madre, también hay curas que tienen que purgar sus pecados”. En mi inocencia de niño yo pensaba que todos los “padrecitos” iban  derecho al cielo.

A la altura de los 64 años miro el recorrido  de mi caminar y no me queda otra salida que  proclamar el amor compasivo, fiel y entrañable de Dios Padre-Madre y acogerme a él. “Yo pecador soy amado por Dios con amor gratuito y desinteresado”. Pero a la vez, comprendo que con tal “amor” no se juega, que no hay nada más débil pero  a la vez más serio y digno de ser correspondido que el amor, que burlarse del amor y no  amar es hacerse a si mismo el mayor daño, que puedo no amar, negar como Pedro o traicionar como Judas.

Confianza, sí, total. Pero con seriedad, con vigilancia.

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