Es importante cuidar los medios y la organización del ministerio sacerdotal, señalar sus prioridades y objetivos, analizar la realidad en la que vive y trabaja.

Pero ¿De qué  sirve todo esto  sino cuidamos la persona del sacerdote, el sujeto-sacerdote? La razón de ser de todas las instituciones es la persona. De la misma  manera, la razón de ser  de una renovada teología sobre el sacerdocio  y  de una actualizada pastoral, no es otra que la  persona del sacerdote y su acción ministerial.

Esta es la razón por la que desde hace unos años  se ha desarrollado una “pastoral presbiteral” o “pastoral del clero”,  que busca la ayuda directa  al sacerdote, a su persona. Un medio excelente de esta función personal son lo ejercicios espirituales. Están abalados por una larga tradición, por ricos frutos de santidad y aleccionadores testimonios. A lo largo de esta semana, treinta y cinco sacerdotes de la diócesis de San Pedro Sula nos hemos retirado a la casa de espiritualidad Monte Horeb para practicar los ejercicios espirituales, orientados y animados por el P. Jesús Andrés, sacerdote burgalés (como el que esto escribe), de la “asociación de sacerdotes del Prado”. Nos ha llevado a colocarnos en una relación de fe y de amor con la persona de Jesucristo, tal como queda reflejada en las “Bienaventuranzas”, para adquirir su forma de vida, para configurarnos con Él en nuestro ser y quehacer.

En la comprensión y en la vivencia del ministerio sacerdotal debemos  evitar algunos peligros  que llevan al olvido del sujeto,  al descuido de  la persona del sacerdote. El primer peligro es el funcionalismo, es decir, la reducción de la persona a la función. Y tiene una doble  vertiente.

La primera separa la función de la existencia  sacerdotal. Ahora bien, el  sacerdocio no se reduce al hacer  sino  que  configura internamente a la persona con  Jesucristo sacerdote,  por  el sacramento. Y  esta configuración interna sacramental lleva a  una  forma de existencia  como la de  Jesucristo.

El funcionalismo tiene efectos muy negativos tanto en  el orden espiritual como psicológico. En el orden espiritual  impide realizar y vivir esa espiritualidad propia del sacerdote  que se expresa, se alimenta y se realiza en  el mismo ejercicio del ministerio. El funcionalismo lleva a separar ministerio y santidad de vida.

En el orden psicológico se sufre la esquizofrenia de la identificación con  el “rol”  o  función más  que con el yo personal. Drewerman en su libro “Clérigos”, aún con sus exageraciones  y parcialismos, ha señalado  los graves efectos psicológicos de esta identificación: persona = rol o función.

Otra forma de funcionalismo consiste  en el olvido o descuido del sujeto en beneficio de los medios, en favor de la  organización y de la planificación de la pastoral. Se privilegia el análisis,  los medios más eficaces y  organizados y la acción, pero no se presta suficiente  atención al sacerdote  que realiza los análisis  y pone los medios.

Después  del concilio Vaticano II,  grandes cambios sacudieron la vida de los sacerdotes: nueva teología  sobre  el sacerdocio (identidad personal),  nueva eclesiología (identidad eclesial), nueva manera de presencia social (identidad social). A pesar de la valoración positiva  de  estos cambios persiste como una “insatisfacción” entre los sacerdotes, como la intuición de que  se necesita una “revitalización”  de la persona del sacerdote,  pasar a  modo de vida los planteamientos objetivos, a experiencia  los contenidos dogmáticos y  pastorales. Y esto es lo que nos pide el Papa en este año sacerdotal.

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