La esperanza es acogida y tarea, protesta y compromiso. El acto de esperar empieza reconociendo y asumiendo la situación de prueba, de dolor de injusticia en la que vivimos. La esperanza ni se crispa, ni se hunde, ni vuelve la vista ante la prueba sino que la acepta en todo su realismo. No es un simple optimismo ingenuo que afirma: “no pasa nada. No se preocupen. Todo se arreglará”.  La aceptación lleva a la protesta. Así es pero no debería ser así. Nos duele el mal y el dolor, no nos resignamos, no pactamos con ellos. Más aún, afirmamos que esa situación no tiene la última palabra, no es un callejón sin salida. La esperanza  no claudica ante unos hechos que se impondrían irremediablemente, sino que nos implica activamente en un proceso que da sentido a las pruebas y tribulaciones por las que pasamos y va realizando diligentemente una transformación de nosotros mismos y de la realidad, en la dirección de lo esperado.

Gracias a este proceso, la esperanza escapa a la acusación de debilidad y de pasividad. La idea de una esperanza inerte, inactiva es contradictoria. La esperanza es creativa e impulsa a la acción. Hay una espera inactiva que no puede hacer nada para que llegue lo esperado, como cuando espero impaciente la llegada del bus que se retrasa. La verdadera esperanza es dinámica y creativa tanto en lo que se refiere a las actitudes de la persona que espera como en lo relativo a las actividades que emprende y promueve.

Ya el profeta Isaías en la antigua alianza y Juan Bautista en el umbral de la nueva nos invitan a “preparar un camino al Señor” (Is. 40,3-4; Lc.3, 3-6). El Señor “viene”. La iniciativa es suya, pura misericordia y viene a salvarnos. Pero a nosotros se nos pide una transformación interior que se expresa en la conversión y en la acogida y con un comportamiento que prepara el camino del encuentro salvador, quitando obstáculos y favoreciendo las mejores condiciones para la acción de Dios.

Jesús, en sus parábolas, sobre la “venida del Hijo del hombre” nos invita seriamente a “estar preparados” (Mt 24,44). Ahora bien, “estar preparados” no consiste en estar de brazos cruzados sin hacer nada. Ya San Pablo recriminó a aquellos cristianos de Tesalónica que vivían “sin trabajar nada pero metiéndose en todo” y los exhortó a “trabajar con sosiego para comer su propio pan” (2Tes. 3,10-12). La preparación consiste en “hacer lo que debemos”, como el “criado fiel y sensato a quien el amo puso al frente de la servidumbre” y al volver lo encontró cumpliendo bien el encargo recibido (Mt. 24,25-47).

Esta fidelidad responsable es la que va haciendo fructificar; en el tiempo de la espera, los talentos, posibilidades y dones ya recibidos y tendrá como recompensa dones mayores, los que provienen “de entrar en el gozo del Señor” (Mt. 25,14-30).

Quien nada desea y espera ardientemente, nada hace, y a la inversa, quien nada hace por lo esperado es que nada espera. Si anhelamos una mayor justicia social, trabajemos por la justicia social colaborando en la promoción de un desarrollo integral y en la formación de estructuras justas. Si deseamos la paz y la convivencia serena, haremos algo de una forma personal y organizada para detener la ola de violencia y tejer relaciones pacificas en la familia, vecindario, lugar de trabajo, etc. Si queremos una parroquia que sea “comunidad de comunidades” empezaremos formando parte de una comunidad y nos interesaré por la buena marcha y consolidación de las comunidades. Y así podríamos seguir en otros campos.

Si en verdad somos discípulos animados por una esperanza viva no nos dejemos llevar por la pereza, la rutina, la comodidad, la resignación pasiva. Es la hora de una esperanza creativa, transformadora, perseverante, hasta el sacrificio, hasta el don de nosotros mismos. “Si nos fatigamos y luchamos, es porque tenemos puesta la esperanza en el Dios vivo” (1Tim. 4,10).

 

Bookmark and Share