El tiempo pasa. Un año termina y otro comienza. Está a punto de irse el 2009 y nacer 2010. Y nosotros ¿cómo vivimos este paso del tiempo? ¿Qué sentido damos a la sucesión de los años? ¿Qué nos queda entre las manos de valioso del año que fenece y con qué actitudes de corazón nos colocamos ante el nuevo año que se abre?

Algunos dirán: disfrutemos esta noche. ¿Para qué hacerse tantas preguntas? Es mejor no pensar en esas cosas. Pero lo cierto es que todos, lo pensemos o no lo pensemos, vivimos el tiempo haciendo el bien u obrando el mal, llenándolo de lo que es valioso, noble y justo o haciendo de cada día un cubo de basura moral, construyendo o destruyendo nuestra persona y la sociedad. Cada año forma parte de nuestra historia personal y nosotros tejemos el entramando de la historia colectiva. Escribimos, con la tinta indeleble de las obras, una historia de gracia o de pecado, de amor o desamor, de justicia o de injusticia.

La celebración del fin y comienzo de año en el tiempo litúrgico de Navidad  nos ayuda a comprender y vivir el tiempo “en cristiano”, que no es otra cosa que comprenderlo y vivirlo desde Jesucristo y con Jesucristo.

En un momento determinado de la historia humana, en los días del emperador romano Augusto, y en un lugar especifico del planeta tierra, en Belén de Judá, hace 2009 años, cuando los tiempos habían llegada a sazón y maduración, Dios Padre envío a su Hijo amado, nacido de una mujer, María Virgen, sometido a la condición humana para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte y otorgarnos la condición de hijos suyos (Cfr. Gal. 4,4-5)

La Palabra divina que estaba junto al Padre está ahora junto a nosotros, carne de nuestra carne; el que existía desde siempre se ha hecho temporal, ha entrado en nuestra historia humana. Dios, en Jesús, se ha hecho historia humana para hacer de nuestra dramática historia una historia de salvación y de nuestro tiempo un tiempo de gracia.

En consecuencia, la sucesión de los días y los años no es un ritmo rutinario, monótono y sin sentido, sino que ha sido y es tiempo de Dios, providencia amorosa del Padre, historia en la que Jesucristo se acerca salvadoramente a cada hombre y mujer, a la humanidad entera. Cada momento, día y año es presencia amorosa y acogedora del Padre, acción humanizadora y divinizadora de Jesucristo, novedad creativa y sorprendente del Espíritu Santo.
El tiempo es también ámbito de nuestra respuesta libre a Dios, respuesta positiva, amorosa y obediente, o respuesta negativa y desobediente. Cada momento es posibilidad de creer, amar y esperar; oportunidad de hacer el bien, practicar la justicia y cumplir con responsabilidad nuestra tarea. Tenemos el consuelo de disponer del tiempo para arrepentirnos del mal hecho y para crecer en el bien que hicimos.

Pero también el tiempo de nuestra vida, el nuevo año, es posibilidad de egoísmo, de injusticia, de falsedad, de pecado. Este es el drama de nuestra libertad en el tiempo,  que  podemos hacer el mal, pues la tentación nos acecha desde fuera y nos seduce desde dentro de nosotros mismos. Por eso, el Señor nos dice: no se descuiden, estén bien despiertos, las lámparas de la fe, de la oración y de la fortaleza encendidas.

El nuevo año no está delante de nosotros,  como una realidad ya hecha. El nuevo año lo iremos haciendo nosotros. Será mejor que el pasado si nosotros somos mejores. La fe en Jesucristo, nacido hace 2009 años y constituido Señor de la historia por la resurrección, nos ilumina para leer en los signos de nuestro tiempo lo que Dios espera de nosotros. El amor de Dios, derramado en nuestros corazones, nos empuja a amar y servir a la manera de Jesús. La esperanza sostenida por la fuerza del Espíritu trabajará asidua y responsablemente para que a lo largo del año 2010 crezca en Honduras el reinado de Dios inaugurado en el nacimiento de Jesús: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz.

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