consagrada1Hace pocas horas que he presidido la eucaristía en este día dos de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, día dedicado a la “vida consagrada” en la Iglesia. A continuación he compartido la comida en sencilla y gozosa fraternidad.

La diócesis de San Pedro Sula cuenta con diez congregaciones de vida consagrada masculina y treinta y tres de vida consagrada femenina. El número de religiosos es de cincuenta y el de religiosas de ciento setenta y dos.

consagrada2Si, como dice Aparecida, “la vida consagrada es un don del Padre por medio del Espíritu a su Iglesia y constituye un elemento decisivo para su misión” (DA 216), el primer sentimiento que me brota es el de agradecimiento. Doy gracias a Dios por lo que son, significan y hacen los consagrados y consagradas en la iglesia y especialmente en esta diócesis.

El agradecimiento me lleva  a la acogida gozosa y respetuosa. Comprendo que el don se acoge con el espíritu y el corazón abiertos. Son muchas las congregaciones que en estos años he recibido en la diócesis, consciente de que su presencia redunda en bien de la Iglesia no sólo en bien del propio Instituto.

La acogida generosa me lleva al “reconocimiento” del carisma, gracia o “encanto” particular de las diversas Congregaciones. Reconocer es examinar con cuidado a una persona o grupo para enterarse de su identidad, naturaleza o circunstancias. Mis relaciones con los miembros de la vida consagrada no serian cercanas, afectuosas, profundas sino conociera su carisma, su misión, su patrimonio espiritual. El desconocimiento lleva a la indiferencia o a la incomprensión. Yo quiero conocer, estimar y valorar el don de la vida consagrada en la Iglesia particular de San Pedro Sula.

Movido por este aprecio me atrevo a recordarles a ustedes, los consagrados y consagrada, que están llamados a “una vida discipular, apasionada por Jesucristo-camino al Padre misericordioso, por lo mismo de carácter profundamente místico…, a una vida misionera apasionada por el anuncio de Jesús-verdad del Padre, por lo mismo realmente profética…, y a una vida al servicio del mundo, apasionada por Jesucristo-vida del Padre, que se hace presente en los más pequeños y en los últimos a quienes sirve” (DA 220). Y por tanto, integralmente liberadora.

Los invito a dar gracias a Dios por su propia y específica vocación en y para la Iglesia. La sincera acción de gracias es signo claro de una vocación vivida como gracia, no como carga, y garantía de una gozosa y creativa fidelidad diaria sostenida y animada por la fidelidad inquebrantable del Señor. 

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