Aunque como misionero tengo un corazón “universal” y la casa de mi espíritu tiene ventanas a los cuatro vientos, no olvido mis raíces familiares y geográficas. Ellas explican, en parte, mi manera de ser y sentir.
En cierta ocasión, en la colonia Jardines del Valle de San Pedro Sula, un niño de tres o cuatro años me pregunta: “Monseñor, ¿usted ha venido del cielo?” ¡Qué pregunta! ¿Verdad? Su mamá le había explicado que el obispo representa a Jesús. Y él sacó la consecuencia: luego, “¿usted ha venido del cielo?”.
No, no he venido del cielo aunque tenga que ser “un cielo”. Todos los sacerdotes tenemos nuestra herencia genética y cultural. Y yo tengo el rostro de mi padre y el cabello blanco de mi madre. Un toque del orgullo disimulado de mi padre y la religiosidad de mi madre. La dureza de la tierra serrana y la limpieza de su cielo azul. La querencia de la popular y las formas de una buena educación del seminario.
Varios acontecimientos me invitan a escribir sobre San Antonio María Claret y sobre sus hijos espirituales, los misioneros claretianos. El sábado, 31 de mayo, celebraron –mejor “celebramos”, porque yo también soy claretiano- la fiesta de nuestra titular y patrona, María en su advocación de “Corazón Inmaculado”. Y este año la celebramos con un gozo especial en el contexto de los 200 años del nacimiento de San Antonio María Claret. (más…)