Ya estoy en San Pedro Sula. De nuevo en mis tareas pastorales, con mis colaboradores más inmediatos en el obispado y con los fieles que tantas muestras de amor y de comunión de sentimientos han tenido conmigo y con nuestra familia por la muerte de nuestro padre. Tú eres testigo de esto pues has leído los correos y recibido muchas de las llamadas telefónicas.
Al terminar de leer la carta, quizá pienses que no debería habértela escrito, que no tengo por qué darte las gracias ya que has hecho lo que tenías que hacer (Lc. 17, 10). O quizá me comentes que lo que te digo era para quedarse entre nosotros, como una carta privada. (más…)
“Jesús, al llamar a los suyos para que le sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el Evangelio del Reino a todas las naciones (Cfr. Mt. 28, 19; Lc. 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace participe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano… Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma” (144) . “Discipulado y misión son como dos caras de una misma medalla” (146).
La reflexión teológica sobre la misión evangelizadora de la Iglesia viene de lejos y Aparecida no elabora propiamente una teología de la misión. Recibe la herencia. Su novedad está en el llamado entusiasmado y entusiasmante, apremiante e insoslayable a la misión. Se realiza un cambio de “clave” pastoral, se enfoca una nueva perspectiva que “exige pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (370). Un sereno y lucido análisis de nuestra pastoral nos muestra que la mayor parte del tiempo, de las personas y de los medios se dedican a cuidar a los que ya están dentro, más o menos cercanos. Se trata ahora de invertir la prioridad, la clave, el tiempo y las energías.