
En mi particular agenda de noticias importantes de la semana que termina, tengo anotado la fiesta de Nuestra Señora de la Merced, 24 de septiembre.
La advocación de María de la Merced está asociada a la orden religiosa fundada por San Pedro Nolasco en Barcelona, el 10 de agosto de 1218. Pedro, con un grupo de compañeros comerciantes, deciden poner sus vidas y sus bienes al servicio de la liberación de los cristianos cautivos y prisioneros en poder de los musulmanes. Cuando falta dinero para comprar su libertad se ofrecen ellos mismos como rehenes.
“Jesús, al llamar a los suyos para que le sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el Evangelio del Reino a todas las naciones (Cfr. Mt. 28, 19; Lc. 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace participe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano… Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma” (144) . “Discipulado y misión son como dos caras de una misma medalla” (146).
La reflexión teológica sobre la misión evangelizadora de la Iglesia viene de lejos y Aparecida no elabora propiamente una teología de la misión. Recibe la herencia. Su novedad está en el llamado entusiasmado y entusiasmante, apremiante e insoslayable a la misión. Se realiza un cambio de “clave” pastoral, se enfoca una nueva perspectiva que “exige pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (370). Un sereno y lucido análisis de nuestra pastoral nos muestra que la mayor parte del tiempo, de las personas y de los medios se dedican a cuidar a los que ya están dentro, más o menos cercanos. Se trata ahora de invertir la prioridad, la clave, el tiempo y las energías.